Cuando me informaron de que tenía que decir unas palabras esta noche, empecé de manera casi automática a rumiar un haiku como forma de agradecer todas las muestras de cariño y admiración que he recibido, no sólo por este premio, sino en los últimos tres años en los que me he dedicado por completo al quehacer literario; pero es tanto lo que tengo que agradecer y a tantos, que diecisiete sílabas no son suficiente para expresarlo, por lo tanto voy a permitirme hacer mención de gente que ha sido puerta y sostén en mi vida y de aquellos mezquinos que han sido tranca no hare mención porque son tan insignificantes que no vale la pena malgastar letras del abecedario diciendo sus nombres.

A Loida, mi madre, por ser, por estar, por las revistas Tobogán y los libros de Verne y Salgari que me compraba cuando niño y que fueron la puerta por la que entré a la literatura.

A Irma mi abuela, porque por ella soy.

A Luis Pérez, mi abuelo y más grande influencia, por su nombre, su ejemplo de ética y trabajo, los libros de Neruda y los boleros.

A mis abuelos Blanca y Federico, por razones obvias y fraternales.

A Dei, por creer.

A Lauristely Peña, hermana escogida desde aquel día de hace tres años en una aula de la UASD. Correctora implacable, consejera certera. Amiga.

A mis hermanos del taller literario Litervolución con quienes compartí sueños llenos de poesía: Merkiseded, Raisa, Mary, Gerard, Johan Balbuena, Ambiorix, Deisy, Vicente, Dany, Francis, Uriel y Lauris.

A Oscar Peña Jiménez, quien me dijo una noche en un pasillo de la UASD que yo tenía vena poética y le creí.

A Freddy Ginebra, que luego de escuchar su historia de sacrificios y sueños, decidí de una vez y por todas asumir este camino de creación y angustias.

A Luis Terror Días, donde quiera que este por decirme en medio de tragos en el colonial que estaba en el camino correcto y enseñarme a través de tu música que debemos mirar para adentro y que en lo común y feo también hay poesía.

A Federico Jóvine Bermúdez, maestro, consejero y amigo.

A Glaem Parls, por creer en mi más que yo mismo.

A poetas y escritores de diversas generaciones que han sido generosos conmigo de diversas formas: Nan Chevalier, Noé Zayas, Adrián Javier, Taty Hernández, Valentín Amaro, César Zapata, León Félix Batista, Ramón Gil, Omar Messón, Mateo Morrison, Manuel Llibre, Basilio Belliard.

A jóvenes que igual que yo construyen sus sueños con palabras: Francis Mateo, Isis Aquino, Rossalina Benjamin, Carla Robles, Nero Nessa, Rosa Espino, Elsa Báez y Patricia Minalla.

Al Embajador Saito y a la Sra. Kameda por la iniciativa.

Por último, pero no menos importante, a dos locos que junto a mí viven esta utopía de querer cambiar el mundo a través de las palabras y que estamos unidos por el arañazo colectivo literario: Ricardo Cabrera y Alexéi Tellerías.

Para terminar, quiero leer algunos de estos textos que no son más que fotografías de lo que me rodea y evocaciones de mi niñez en Padre Las Casas rodeado del rio las cuevas, de aquella casa llena de mangos donde jugaba con Gary y Joel.

Les regalo estos pedacitos de vida que brincan en mis ojos:

 

Bajo la lluvia
el corazón palpita,
tiene memoria.

***

Vibra la luna.
En mis ojos el agua
traza su nombre.

***

Un solo grillo
enamora a la luna.
Ella sonríe.

***

Tiembla la rosa,
un colibrí  de lluvia
besa sus labios.

***

Es tu cuerpo
un árbol de corales.
Busco su sombra.

 

Gracias por venir. Buenas noches.

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