Sueñan las pulgas con comprarse un perro
Eduardo Galeano

No quiero ser verso para tarjeta de enamorados:
decir que “eres la luz de mis ojos, sin ti quedaría ciega”
o, peor aún, que apagas mi sed con la fuente de tu amor
mientras hombres y mujeres enrutinadas,
desrutinadas, mutiladas,
gastan su dignidad como nada,
y es que nadie conoce a nadie,
tan sólo a su desgastada cuenta bancaria.

No quiero ser la amante fiel en el día de un tal Valentín
ni que mis muslos piropeen un febrero junto a los fantasmas
tampoco que unas manos, cuatro manos, delineen mi espalda
sin mojarme y ser Barbie sin pezones ni vulva,
–mi cavidad hospitalaria es melocotón y lluvia–
ni que una cama olvide el aroma del amante
mientras su huella reseca es manjar para las hormigas en celo.

No quiero ser cartograma de novela rosa
mi vientre no es banquete para caníbales
ni mi sangre un manual de venganzas;
mucho menos calígrafa de caprichos hormonales.

Mi tarjeta es esa pequeña muerte convencional
ilustrada en los trece días anteriores
o escrita en los quince siguientes,
esa muerte que no compra recuerdos ni aplausos
mucho menos un perro a las pulgas,
la mía tan sólo invierte en hechizos y palabras.

Mi amante es una brújula para navegar a mi mundo,
también a otros,
tal vez, así nazcan los silencios más perversos
letra a letra, boca a boca, piel a piel.

Mi personaje es un festival de mujeres
unas encantadoras de serpientes aladas
otras ritualizan la calle en las noches clandestinas
las más tararean una nana a la soledad
somos muchas, todas y una, horneando pan a los sueños
somos las (bien)venidas reescribiendo el cuerpo y la palabra.

(De “El Eróscopo”, Isla Negra Editores, 2011)

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